lunes, 25 de noviembre de 2013

¿Qué es una relación destructiva?

La relación destructiva se caracteriza por la presencia constante de agresión emocional, psicológica y física que conlleva el menosprecio de la persona afectada. El componente principal en la relación destructiva es la agresividad, esta puede ser por medio de una acción o bien una omisión, ya que existen formas sutiles de demostrar agresividad sin ejercer violencia física, aquí algunos ejemplos: 


Violencia Física.- esta puede manifestarse de forma "sutil" con apretones, caricias bruscas con mala intención, zapes o cachetas que se dan "jugando", pellizcos, etc. o pueden ser sin sutileza como empujones, forcejeo, patadas, golpes brutales.

Violencia Psicoemocional.- Toda acción u omisión encaminada a desvalorizar, intimidar o controlar acciones, comportamientos y decisiones se manifiesta con prohibiciones, coacciones, condicionamientos, intimidaciones, insultos, amenazas, celotipia, desdén, indiferencia, descuido reiterado, chantaje, humillaciones, comparaciones destructivas, abandono o actitudes devaluatorias.

Violencia Económica.- Acciones u omisiones que afectan la economía de la persona, a través de limitaciones, restricciones y/o negación injustificada, encaminadas a controlar el ingreso de dinero.

Violencia Sexual.- Toda acción u omisión que amenaza, pone en riesgo o lesiona la libertad, seguridad, integridad y desarrollo psicosexual de la persona, como hostigamiento, practicas sexuales no voluntarias, acoso y violación.

Son tantos los factores que pueden estar presentes en una relación destructiva, que casi siempre se presenta una combinación de factores y nos hacemos la siguiente pregunta:

¿Por qué razones se permanece en una relación destructiva y se permite el maltrato?

Muchas personas permanecen en relaciones destructivas, porque desde pequeños en sus familias han visto repetidamente el abuso y les parece “normal". Estas personas no han podido cubrir sus necesidades más básicas desde el punto de vista emocional puesto que sus padres, los seres que deberían darles protección, respeto y cariño, han estado ausentes física o emocionalmente, y en muchas ocasiones incluso dando la violencia y mal trato.

Estos comportamientos son más agudos en las mujeres porque culturalmente así se les enseña. A la mujer se le educa para hacerse responsable por sus relaciones de pareja, lo que significa en muchos casos, aguantar lo que sea en lugar de liberarse de ese sentimiento de culpa y reconocer que no deben conformarse y aspirar a relaciones sanas.



Una razón mas para estar en este tipo de relaciones, es por baja autoestima. Este tipo de personas consideran que no merecen un trato mejor, ya que no tienen valor alguno para poder encontrar una persona que en realidad las valore y las quiera, tienden a pensar que su valor como persona depende del que les asigne la pareja o hijos, y así permiten al abuso.

Generalmente existe un sentimiento de miedo a la soledad o abandono. Este miedo a estar solos los lleva a aguantar abusos, infidelidades y humillaciones, lo que sea, antes de terminar con la relación.

En relaciones destructivas, el agresor tiene cambios de comportamiento. Es decir, hay momentos en que se arrepiente de sus acciones, ofrece disculpas y se muestra afectuoso, haciéndole creer a su pareja que todo puede cambiar, que "no volverá a pasar". Usualmente después de un tiempo vuelve a ocurrir y con mayor intensidad.



Los pasos a seguir para liberarse son:
  1. Reconocer que viven en una relación destructiva. 
  2. Habla con la familia o amigos de lo que esta pasando, para romper el anonimato de la violencia.
  3. Reconocer que la culpa de lo que esta pasando es de los dos, y en mayor medida del violento, para hacer conciencia de que mereces vivir mejor. 
  4. Busca inmediatamente ayuda de un especialista, ya que es muy necesaria la ayuda y orientación.
Las personas atrapadas en relaciones destructivas tienen muchas posibilidades de liberarse del maltrato y comenzar nuevamente sus vidas en condiciones dignas y saludables (solas o con otras personas), con felicidad, tranquilidad y cariño, como todo ser humano lo desea. Si tu conoces o vives una situación similar busca ayuda.

Si tenes preguntas o dudas sobre este tema escríbenos a psicologiaencoapa@gmail.com o visítanos en Cafetales 90 esq. Trigales Col. Granjas Coapa. México D.F. Tel. 5529170303

Fuente: Psicología en Coapa

martes, 19 de noviembre de 2013

El sentimiento de culpa, entenderlo para eliminarlo













El sentimiento de culpa es una de las emociones más inmovilizantes y destructivas que podemos experimentar, que suele aparecer en algún que otro momento de nuestras vidas. Hay personas que tienen una especie de vocación por la culpa ya que no sólo se sienten mal por lo que han hecho sino incluso por lo que podrían llegar a hacer. Obviamente, éste no es un sentimiento agradable y haríamos cualquier cosa por desembarazarnos del mismo.

Las raíces de la culpa pueden rastrearse hasta la infancia; sobre todo si la persona tuvo que lidiar con padres o profesores que les hacían sentir culpables por cualquier cosa que hiciese mal. La frase: “deberías avergonzarte lo que acabas de hacer”, probablemente le suene familiar a más de uno.

Obviamente, todos cometemos errores de los cuales no estamos particularmente orgullosos pero mirar al pasado constantemente recriminándose por los mismos supone un gasto de energía innecesario que no nos reporta nada positivo. El sentimiento de culpa simplemente nos encierra en un círculo masoquista que se hace cada vez más estrecho.

En muchas ocasiones el sentimiento de culpa llega a ser tan fuerte que provoca signos físicos como la sensación de presión en el pecho, el dolor de estómago, un fuerte dolor de cabeza y sensación de peso en los hombros. A esto se le suman los pensamientos recurrentes de auto reproche, agresividad hacia uno mismo y un fuerte desasosiego.

En la base del sentimiento de culpa se entrelazan disímiles formas de relacionarse con el yo. Por ejemplo, la mayoría de las personas que experimentan constantemente el sentimiento de culpa tienen una baja autoestima y no se creen merecedores del amor o de las gratificaciones que le brinda la vida por lo que aprovechan el más mínimo error para auto castigarse. En el otro extremo, se encuentran las personas perfeccionistas para las cuales cualquier error es una buena excusa para auto reprocharse y criticarse constantemente.

Estas personas tienen en común un pensamiento rígido y polarizado. Es decir, aprecian el mundo en blanco y negro: las cosas o son buenas o son malas, o están bien o están mal. No saben apreciar la infinidad de tonalidades que existen entre estos dos colores porque su forma de pensar es demasiado estricta y estereotipada. Por ende, son prácticamente incapaces de analizar los aspectos positivos y negativos de una situación ya que tienden a mover la balanza en un solo sentido.

Otro aspecto esencial para comprender la culpa es la ruptura que ésta representa en nuestro sistema de valores. En otras palabras, experimentamos sentimientos de culpa cuando hacemos algo que se aleja de los valores que hemos asumido como justos y positivos. Sentimos culpa cuando nuestro comportamiento no cumple con nuestros cánones y, por ende, nos recriminamos.

No obstante, debe puntualizarse que la culpa se manifiesta de diversas formas:
  • Quienes se sienten culpables de todo lo ocurrido, incluso si no es su responsabilidad.
  • Quienes culpabilizan a los demás de todo lo ocurrido para liberarse de la cuota de responsabilidad individual.
  • Quienes ponen la responsabilidad en las circunstancias pensando que nadie tiene la culpa de nada sino que son las situaciones del medio las que determinan los comportamientos.
Evidentemente, cualquiera de estas expresiones de la culpa son igualmente negativas y dañinas para la persona ya que las responsabilidades se difuminan y seremos incapaces de tomar las riendas de nuestra vida.

Obviamente, en muchas ocasiones (sobre todo cuando éstas desbordan nuestros recursos psicológicos), nos vemos sumergidos en la culpa. El problema en sí no radica en no sentir la culpa (porque sobre esto no podemos accionar) sino en manejar estos sentimientos y afrontarlos desde una perspectiva positiva. Para lograrlo es esencial que asumamos algunos pasos:
  1. Abandonar el pensamiento polarizado y asumir una postura más flexible. Para esto el mejor ejercicio es pensar en los aspectos positivos y negativos que encierra cada situación a la cual nos enfrentamos cotidianamente. Apreciando las diversas facetas de las situaciones y comportamientos podremos percatarnos que la vida no es en blanco y negro sino llena de matices.
  2. Hallar las causas de los sentimientos de culpa desarrollando un diálogo interior. Este diálogo interior (siempre que sea sincero) nos develará algunas ideas irracionales de causa y efecto. Por ejemplo, la madre experimenta sentimientos de culpa porque estaba en el trabajo mientras el hijo sufría un accidente doméstico bajo la supervisión de la cuidadora. La lógica nos indica que ella no tenía forma de presuponer o evitar el accidente y que necesita trabajar para poder mantener la familia, por ende los sentimientos de culpa son totalmente infundados. En muchas ocasiones la clave para eliminar la culpa radica en saber repartir las responsabilidades asumiendo aquella cuota que nos corresponde, pero no más allá.
  3. Planificar el futuro. Aún si asumimos nuestra responsabilidad en una situación y cometimos un error, lo más productivo es mirar al futuro y pensar en cómo podemos subsanar el daño. La culpa nunca es la solución porque nos encierra en la trampa del inmovilismo y el sufrimiento.
Finalmente, quisiera terminar las reflexiones con una frase de la sabiduría popular que hace referencia directa a la preocupación y que podría aplicarse a los sentimientos de culpa. Obviamente es extrema, pero ejemplifica el sentir con el cual en algunas ocasiones deberíamos asumir los hechos que se escapan de nuestro control:

¿Tiene solución? Entonces, por qué te preocupas…

¿No tiene solución? Entonces, por qué te preocupas…

Fuente: Rincón de la Psicología

martes, 5 de noviembre de 2013

La brecha de la crianza


taigo-taka


















Por María Caridad Araujo - 28 Oct 2013

Alguna vez escuché la siguiente reflexión “Se requiere tomar un curso y aprobar un examen para conducir un vehículo, pero para algo tan importante como criar un hijo… ¡no te piden nada!” El ejemplo no deja de parecerme algo gracioso y creo que podría generar debates interminables sobre la libertad y el rol del Estado y no es ese el objeto de este artículo. Decidí arrancar este post con esa reflexión pues es una que nos invita a volver nuestros ojos hacia nuestras propias experiencias vitales (de hijos y de padres) y a reconocer en ellas errores, aprendizajes y aciertos.

En septiembre, Kimberly Howard y Richard Reeves del Centro para los Niños y las Familias de Brookings Institution publicaron un artículo introduciendo un concepto que ellos llaman “la brecha de la crianza” (the parenting gap, en inglés). A los economistas nos gusta medir las brechas en los niveles de ingreso, en el acceso a los servicios públicos o en la salud y el aprendizaje. Pero la brecha de la crianza es un concepto nuevo.

¿En qué consiste la brecha de la crianza? Los autores la definen como la diferencia entre ser el hijo de padres “débiles” y ser el hijo de padres “fuertes”. Nota: aquí los términos “débiles” y “fuertes” no se refieren al estilo de crianza ni a la fuerza física de los progenitores, sino a la calidad de la crianza. Unos padres “fuertes” son aquellos que ofrecen a sus hijos un ambiente familiar en el cual encuentran estímulos y apoyo. Unos padres débiles son incapaces de ofrecer este tipo de ambiente familiar a sus hijos. Esto se mide mediante el instrumento HOME, una escala observacional especialmente diseñada para caracterizar la calidad del ambiente del hogar y que se ha usado en Estados Unidos y también en América Latina. Los padres “fuertes” son aquellos con el 33% de los puntajes más altos en el HOME, mientras que los padres “débiles” son los que obtienen el 33% de los puntajes más bajos en el HOME.

Aquí hago un paréntesis para notar un tema importante. El tipo de padres que le tocan a un hijo es uno de aquellos factores determinados al momento del nacimiento. Por esta razón, esta variable se encuentra profundamente ligada a la equidad ya que depende de elementos totalmente fuera del control o del esfuerzo individual del niño. Si no existe algún mecanismo que permita “igualar oportunidades” para que todos los niños tengan una experiencia de crianza como mínimo aceptable, entonces inevitablemente sabemos que será difícil romper esa trampa de desigualdad más adelante. De ahí que no debería sorprendernos que el artículo de Howard y de Reeves que introduce el concepto de la brecha de la crianza concluye que esta brecha se relaciona con la movilidad social en las diferentes etapas del ciclo vital: primera infancia, infancia, adolescencia, transición a la adultez y adultez.

Los autores identifican que los hijos de padres “fuertes” tienen una mayor probabilidad de ser exitosos en todas las etapas del ciclo vital. Los autores definen el éxito a través de los indicadores del Proyecto del Genoma Social, que establecen niveles mínimos en dimensiones académicas, sociales y económicas para cada etapa de la vida. Algunos ejemplos de los indicadores que se incluyen en esta definición de éxito son: tener un peso normal al nacer,  contar con habilidades de lectura y matemáticas adecuadas en la edad escolar, desarrollar aptitudes socioemocionales apropiadas, o alcanzar un nivel salarial y de empleo correspondiente al de la clase media.

Las diferencias incondicionales (es decir sin controlar por ingresos, educación y otras variables) entre los hijos de padres “fuertes” y padres “débiles” son enormes. Un 77% de los hijos de padres “fuertes” tienen resultados exitosos en la primera infancia, en comparación con 34% de los hijos de padres “débiles”. Esta brecha de más de cuarenta puntos porcentuales apenas se cierra a lo largo de la vida. Incluso en la adultez, un 70% de los hijos de padres “fuertes” obtienen resultados exitosos en comparación con 37% de los hijos de padres “débiles”.

Los autores hacen una simulación todavía más provocativa. Si sería posible convertir a los padres “débiles” en padres “promedio” (la categoría entre “fuertes” y “débiles”), se esperaría un aumento de un 9% en el porcentaje de sus hijos que se gradúan de la secundaria. También se podría lograr un 6% de reducción de embarazos durante la adolescencia y hasta una caída de un 3% en el número de jóvenes que llegan a ser condenados por un crimen. Otro hallazgo interesante es que en la caracterización de la calidad de los padres, importa tanto el rol del ambiente de aprendizaje que ofrecen a sus hijos como aquel del ambiente de apoyo emocional que les brindan. Es decir, los padres cumplen un rol fundamental tanto en lo afectivo como en el aprendizaje cognitivo.

Las políticas públicas para reducir la brecha de la crianza tienen un enorme potencial para mejorar la equidad y la igualdad de oportunidades. Estas políticas consisten en apoyar a los padres más débiles para enriquecer los estímulos y el apoyo que brindan a sus hijos en sus hogares. Es decir, si la calidad de la crianza es tan importante para el bienestar social, y si las familias no siempre son capaces de proveer una crianza de calidad, entonces, el rol del Estado está bien justificado.

Fuente: BID, Blog Primeros Pasos